En el festival del Cante de las Minas de La Unión, Murcia, esperaba encontrarme con un panorama cuanto menos turístico. Guiris por doquier – aquello está al ladito del mar Menor -, muchos puestos ambulantes tentando a la concurrencia con los productos de la zona, hospedaje para cualquier infeliz, etc. Y qué va. Nada más lejos.
El festival, por mucho renombre y reconocimiento que tenga, es sencillo. Quiero decir, es lo que es: un festival de flamenco. No hay grandes masas ni mercadeos adjuntos. Por supuesto, un cierto ambiente, un colorido, sí que hay. Pero cosa de la gente del pueblo. Es una actividad estival más.
Y toda esa naturalidad se deja notar. El público es aficionado, sabe lo que se cuece, y los concursantes van a lo que van: ganar el premio. No hay actuaciones de cara a la galeria, ni exhibiciones de virtuosismo fuera de lugar. Es un festival sobrio. Se canta, se baila y se toca buscando la justa medida.
En fin, que a mi me ha gustado. Me ha resultado aleccionador y alentador, aunque no sé muy bien por qué. Supongo que ha sido ese clima de respeto y seriedad hacia el flamenco. No sé, tal vez haya sido el sentirme capaz de apreciar el esfuerzo de los artistas por hacerlo bien, el sentirme, en cierta medida y salvando las distancias, identificado con ellos.
Me pones los dientes largos, el año que viene procuraré no perdérmelo. Da nombres: ¿viste a alguien a quien merezca la pena seguir?