Sábado a eso de las 19 horas. Practicando y pensando que hace demasiado tiempo que he de cambiar las cuerdas. Aún no había encontrado una tienda que tuviese un suministro constante de las cuerdas que me gusta usar: La Bella en sus varios sabores. Sin embargo me apetecía cambiar las cuerdas: iba a sonar mejor y me apetecía poner en marcha el ritual. Además quería encontrar de una vez el sitio donde comprar cuerdas. Viviendo en el centro de Madrid no podía ser tan difícil.
Me echo a la calle, plaza España, de Oriente, Ópera, y zas, ahí está ante mis ojos el flamenco vive. Una tienda que me ha encantado. Me compro un juego de La Bella rojas y enfilo hacia casa paladeando ya el placer del ritual.
El ritual del cambio de cuerdas consiste en los siguientes pasos:
- Cortar las cuerdas viejas. Algunos se han escandalizado al verme, pero lo recomiendo a cualquiera: queremos renacer de nuestras propias cenizas dejando atrás el pasado
- Limpiar la guitarra.
- Colocar las nuevas, de la 6 a la 1. Dejarlas flojitas. El cómo anudarlas tiene su propio ritual que merece mención aparte.
- Afinar.
- Tocar un poquito.
Repetir los 4 y 5 unas cuantas veces. A continuación hay que cortar los sobrantes del lado del puente. Admirar la obra, tocar fuerte y decirse a uno mismo: “no me acordaba de lo fuerte y bien que suenan las cuerdas nuevas”.
El ritual es un placer. Salvo que en el paso 4 uno demuestre su pésimo oído tensando demasiado una cuerda y creyendo que aún debe tensarla más. Es entonces cuando rompe su flamante nueva cuerda y se da cuenta de dos hechos:
- Ha cortado las cuerdas viejas.
- Se ha hecho demasiado tarde para volver a la tienda.
La autoestima de nuestro héroe está a estas alturas por los suelos. El ritual es un placer si acaba en tocar la guitarra brillante y de flamentes cuerdas. Si no es una mierda de ritual.
El lunes siguiente consigue una cuerda de repuesto, y aquí no ha pasado nada.
Hombre, mola ver que el blog vuelve a la vida, lo habia dado por muerto.